Decapitar al moro y cruzar el océano

La postura del gobierno español, y de la jefatura de aquel funcionario de nombre Felipe VI, no ha sido muy diferente a la de Juan Carlos en cuanto a claudicar a Marruecos con el asunto del Sáhara. Claudicar, desmontar los fuertes que protegen a España al otro lado del Mediterráneo. Ceder al moro. Primero, comenzó con Ifni hasta que, finalmente, todas las tropas españolas abandonaron el Sáhara occidental y con la Marcha Verde, la dejaron a merced de Marruecos.

Antes de darle inicio al análisis, conviene decir qué entendemos por moro. Entiéndase por moro como hereje, mahometano y berberisco. En potencia, un invasor y enemigo de España. Es decir, que los moros del presente, del actual Marruecos y de lo que era el Rif, tienen una relación con los omeya, el Califato de Granada, los taifas, almohades, etcétera, pero sin ser, por motivos ya esclarecidos por la historiografía, lo mismo. En suma, es una forma de aglutinar a un enemigo foráneo, herético e islámico. El némesis de lo hispánico. Es un hecho más que conocido que Mohammed VI, alauí, no tiene ninguna relación con lo que nuestros ancestros cristianos alguna vez llamaron moros en la península ibérica.

La enemistad con el moro

La enemistad en este contexto es una parada obligada a la obra de Carl Schmitt. De acuerdo al sentido que él da a la enemistad, llega a decir que el enemigo no es un competidor, ni un adversario privado. Viene a definir al enemigo como un «grupo de hombres que luchan eventualmente, es decir, de acuerdo a una posibilidad real frente a otros». Así, el enemigo es «únicamente el enemigo público, porque todo lo que se relaciona con un grupo de personas y en particular con todo un pueblo se vuelve público». (Schmitt, El concepto de lo político, p. 34).

«La guerra se deriva de la enemistad, porque es la negación esencial de otro ser. La guerra es simplemente la realización extrema de la enemistad. No necesita ser cotidiana ni normal, ni siquiera ser percibida como algo ideal, pero debe permanecer como una posibilidad real, siempre y cuando el concepto de enemigo tenga sentido». (Schmitt, El concepto de lo político, p. 36).

¿Qué pertinencia tiene hacerle una radiografía a la idea de enemigo o enemistad? Que es la relación amigo-enemigo lo determinante en términos políticos, que solo cabe a interpretarse la dialéctica España-Marruecos desde la coyuntura histórica entre ambos territorios y las ideas encarnadas. Como ya lo hemos mencionado antes, aquí se disputa el natural contra el otro. El catolicismo contra el islam. El cristiano contra el hereje. El que defiende la península, por siglos poblada por nativos, contra los invasores del otro lado del Mediterráneo. El enemigo «sigue siendo el otro, un extranjero, y para determinar su esencia basta con que sea, en un sentido particularmente intenso, existencialmente distinto [un otro] y un extraño, de tal modo que, en caso de conflicto, representa la negación del propio modo de existencia y por eso es rechazado y combatido para preservar la propia forma esencial de vida». (Schmitt, ibídem, p. 34).

¡Marruecos es una amenaza, como lo siguió representando el Reino nazarí aún en su decadencia! La cúpula gobernante española, cómplice de la desintegración de la República coronada española que ya casi nada tiene que ver con la Monarquía católica, no entiende que la existencia de Marruecos, y el que su vigor político crezca, amenaza la integridad territorial española y la forma de vida española, que mal le pese a los socialistas que gobiernan, y a los materialistas, es cristiana y católica. En tiempos romanos, Santiago se encargó de evangelizar Hispania y construyó uno de los primeros templos a la orilla del Ebro. España está encomendada a Santiago desde sus orígenes más remotos. Contra los moros se presentó Santiago el apóstol, al que orgullosamente seguimos llamando Santiago Matamoros. La existencia de España pasa por la subyugación o inexistencia de Marruecos.

Conviene, sin embargo, recuperar el término moro frente al de marroquí —que denota a quien es natural de Marruecos— porque el de moro se fijó para definir al enemigo, es la alteridad del cristiano contra el moro. Es su enemigo público, su hostil y esta relación, digamos, no ha cambiado —en absoluto— con el paso del tiempo. Aún con los intentos de los Borbones usurpadores de establecer buenas relaciones, a partir de ceder y desintegrar el poder español, no pudo darse esta supuesta paz entre pueblos y Casas reales. El moro, venga del actual Marruecos o de lo que vaya a suceder a Marruecos, siempre será moro, y por tanto enemigo, porque habrá elementos determinantes en esta dialéctica cristiano-moro, español-moro: la religión católica, unificadora de España, frente al hereje mahometano —invasor de la península—, la problemática geografía —que siempre dará lugar a disensión y a choques políticos— y la predominancia española en el Mediterráneo, que indudablemente tendrá que resurgir.

Este desapego a la fe católica, y por tanto a destruir al enemigo hereje, ya se podía apreciar en la Castilla de Juan II. Donde «rara vez se pelea por la empresa nacional; los moros parecen olvidados, porque no son ya temibles; la lucha continua, la única que apasiona los ánimos, es la interna, en la cual rara vez se confiesan los verdaderos motivos que impelen a cada uno de los contendientes». (Menéndez Pelayo, Historia de España, pp. 44-46). El renacer de lo espiritual, de la santa misión católica y del alma cruzada, acompaña a los Reyes católicos. No cabe duda que en esto hubo inspiración divina, que castellanos y aragoneses —pero primordialmente castellanos— actuaron conforme a la Revelación. Se les fue revelado golpear el yunque moro con el martillo cristiano. Sino y destino, la mano del Señor. Carmona Nenclares planteaba: «¿qué hace ahí arrojada, en el rabo de Europa, hermética a las llanuras franco-germánicas por los ásperos Pirineos, pero unida al África –el Oriente–, por un istmo fácil y seguro donde la luz y el aire (el paisaje entero), son una caricia para los sentidos? Tal es el sino que presenta. ¡Sino y destino!». (Carmona Nenclares, Hispanismo e hispanidad).

«Así como en el cielo no caben dos soles, no caben Darío y Alejandro», reza la clásica locución pero en este cielo concreto, no caben España ni Marruecos. Cuando los mahometanos gozaban de un poder y dominio inigualable sobre la península, los cristianos estábamos disgregados. Al cambiar la balanza de poder, los moros se desintegraban y apenas podían garantizar su unidad. Los castellanos en poco tiempo estarían en la cúspide de poder, siendo la espada de Roma y caminando en dirección a una poderosa unión de Reinos convertida en imperio, en una pequeña Cristiandad tal como lo han descrito desde Elías de Tejada hasta Miguel Ayuso.

La flaqueza española

España se desmoronó en un largo y agonizante proceso; la invasión napoleónica, la desintegración del Imperio en Hispanoamérica, la encarnizada lucha contra las repúblicas, nuestras tres fallidas guerras por la religión católica y el legitimismo que, por desgracia, dejaron muchos muertos y miseria por la reticencia de los liberales a abandonar el poder. De resto, los isabelinos siguieron el proyecto del Estado nacional y terminaron con la naturaleza católica, imperial y tradicional de España. Sucesivamente, la guerra en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. La cuestión del Rif y la impotencia española, luego reforzada con el nacimiento de aquella República masónica hasta el período franquista, que significó un breve período de estabilidad para España pero que abrió las puertas al europeísmo y al régimen del 78.

Ante un imperio mutilado, a una nación que lucha por su unidad política contra el separatismo, se levanta una vigorosa nación mahometana, con altas tasas de natalidad, un gobierno de mando único diferente al parlamentarismo extranjero que hay en España y con un pueblo que no solo cree en su profeta, en Alah y en sus instituciones, sino en su monarca. Marruecos representa la más grande desgracia española pero, aunque cueste creerlo, con la complacencia de las élites españolas y de los reyes usurpadores españoles, de los tiranos Juan Carlos I y Felipe VI.

El español vive de extranjerismos, de ensueños políticos y desprecia su pasado, avivando aún más el cainismo. Apuesta por la desintegración de la patria, quiere emular las formas políticas del resto de las naciones europeas y olvidar las glorias y los méritos españoles, que solo corresponden a un pueblo cristianísimo. No le preocupa la irreligión, ni es ya temeroso de Dios; le abre la puerta al moro mahometano, que sí es temeroso de Dios, mientras reprime la religión católica con el secularismo pero acepta la islámica. ¡Cuán rápido olvidamos nuestro papel contra el infiel! Nuestro entusiasmo, nuestro amor y temor por Dios. Olvidamos que él vino a traer la espada, no la paz. Los cristianos nos adormecimos a comparación de un enemigo que es laborioso, perspicaz e inquebrantable. Aquellos tiempos del cristianismo como bandera fueron olvidados; esos en que, como recordaba Lafuente, «los cristianos representaban el triple entusiasmo de la religión, de la patria y de la libertad civil», tiempos en los que «al paso que peleaban por la fe, luchaban por rescatar su nacionalidad». El triple entusiasmo cristiano en oposición a la triple esclavitud musulmana. (Lafuente, Historia general de España, tomo I, p. 34).

Mirar al pasado y el futuro en marcha

Mirar al pasado supone, como dijo Carlos VII en su testamento político, volver a la España de los Reyes católicos y de Carlos V. Pero más que volver, en nuestra opinión, habría que mirar; tomar el ejemplo, no olvidar, recordar al enemigo y que éste puede manifestarse, múltiples veces, a lo largo de la historia. Lo mismo la tradición, es imprescindible contar con ella y en la medida posible, salvar los últimos reductos de la España vieja sin importar el viraje nacionalista que por motivos históricos, y la imposición del Estado-nación, se ha dado. Al final, hay mucha razón en lo que dice Elías de Tejada sobre los momentos nacionales-históricos: «la nación es un segmento de la tradición, un eslabón de la cadena del alma de un pueblo. La nación es una hora; la tradición, un siglo. Aquella, lo pasajero; ésta, lo permanente. Una tradición está formada por el conjunto de todos los momentos nacionales de un pueblo». (Elías de Tejada, Las Españas: formación histórica, tradiciones regionales). Es decir, que el Estado nacional español es una realidad reciente, efímera y que solo pertenece a un momento de toda la realidad biológica, sociológica, antropológica y política que en suma, forman España.

Mirar al futuro, lo cual exige tener un presente y comprender el pasado, no debe suponer la absorción de unos cuantos principios, el asumir una actitud optimista. Por el contrario, es la voluntad política y la sangre del pueblo los elementos que deben conjugarse. El sentimiento patriótico, la pertenencia, las costumbres y las tradiciones. La España vieja son las tradiciones y estas han de conservarse porque su conservación, como bien hemos dicho, termina por reunir a los españoles bajo una misma causa. De no haber iconografías, símbolos, fe común y españolidad, España estaría perdida.

España significa más que la noción de República, de ciudadanía, de ciudadanos, de derechos. España, que históricamente es la construcción del catolicismo político y sociológico, representa libertades concretas y la individualidad del que ama lo suyo. La unión española, primeramente lograda con la espada, no depende de algo tan frágil como la ciudadanía ni del centralismo que pudiera instrumentalizarse en Madrid. No, España fue la unión de los diversos: la espada belicosa y el fanatismo castellano, del culto taurino andaluz, del opulento catalán y del primitivo vasco. De tantos más pueblos como el portugués, hoy por otro sendero; la reunión de un sinfín de súbditos en un imperio sobre los dos hemisferios. España tiene una misión celestial que no termina, de tal modo que España no ha de reducirse al más miserable y cerrado nacionalismo. La otrora Monarquía católica es, en gran medida, lo idealizado por Dante.

Mirar al futuro, en sí, es reconocer que España ha de abrirse a su espacio natural, que ha de retrasar las fuerzas foráneas y masónicas que gobiernan el mundo; que debe ser una barrera contra el despotismo oriental y los valores ilustrados representados por la República imperial norteamericana. Que España tiene su sangre, y sus virtudes, al otro lado del Atlántico y más allá de los Pirineos, cruzando el estrecho de Gibraltar. Dicho por nuestro distinguido Vázquez de Mella: «[…] La cordillera cantábrica es un brazo de España, y termina en Galicia su mano, y tiene un índice, Finisterre, que, con la sombra temblorosa que proyecta en el mar, está señalando a América […] Cuando hablamos de cuestiones internacionales, no debemos apartar nunca de nuestra mente y de nuestro corazón a América. Señores, contando a Cuba, a Puerto Rico y a las pequeñas Antillas, nosotros hemos creado veinte Estados que están bañados por nuestra civilización». (Vázquez de Mella, Del discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados, 28 de mayo de 1914). La geopolítica propia de los pueblos hispánicos es la piedra angular de la purificación del mundo terrenal, de la civitas diaboli. Es la única alternativa que tendría Roma, fuertemente golpeada desde el surgimiento de la masónica y liberal Italia, contra el Mal que se cierne sobre todos, contra las afrentas al catolicismo. La Iglesia de San Pedro requiere de una espada.

El despertar de los pueblos hispánicos en unión, o confederación, significaría un renacer de las virtudes y los principios católicos. Lograr no autonomía, ni independencia, sino autarquía en el sentido aristotélico. Terminar con el vasallaje, dejar de ser una mercancía en constante canje. España, México, Venezuela, Argentina y compañía, naciones del mismo seno y sangre, pisoteadas y malogradas por los servidores del diablo. Es una necesidad la fraternidad, la reconstitución de la familia patria y de los lazos tradicionales. Reforjar la unión está lejos de pretender el liderazgo de uno sobre otros, de violar los destinos que tomaron las nacientes patrias hispanoamericanas o de culpar, como si no fuéramos nosotros los hijos de los conquistadores, a la península. Nunca nos separaron diferencias, jamás practicamos la herejía ni renegamos de nuestra cultura común. Por el contrario, la cultivamos. Fuimos separados, como la Cristiandad fue separada y rota.

No olvidar los enemigos —herejes protestantes, mahometanos, cismáticos, masones, ilustrados, liberales, comunistas—, renovar los lazos de unión —entre los diversos pueblos hispanos, de estirpe común— y ensartar, como la espada de Roma, al Anticristo. España, para cruzar otra vez el océano, está obligada a abanderar la lucha contra el moro. Encomendarse, como siglos atrás, a Santiago. Decapitar la berbería, al moro invasor. Bloquear al ejército pasivo, dormido, de inmigrantes moros; impedir todo flujo migratorio de poblaciones hostiles, ser un dique. Cerrar a los españoles a las influencias extranjeras y enseñarlos, como históricamente se ha hecho, a odiar a los otros, a los que reniegan de Dios. Extender el Evangelio, la Palabra desde la espada. El África en manos de los moros debe ser poseída por los españoles, uniendo a los enemigos de Marruecos. Garantizando un Sáhara, como en el pasado, que sea enclave perpetuo contra amenazas exógenas. Servir de escudo a la península y a los territorios africanos. Nunca más un moro tendría que ser una amenaza para una nación cristiana.

Todo lo que aquí se ha dicho lo pretendió el carlismo, o el tradicionalismo español, cuando se declaró la cruzada contra el liberalismo español y la irreligión. Carlos VII fue firme respecto al destino que correspondía a España: «Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que por medios justos yo aspiraba a dejar a mi Patria». (Ferrer, Escritos políticos de Carlos VII, p. 271). El mensaje no pereció, puesto que Vázquez de Mella lo planteó como una necesidad según sus tres ideales: «todos los hijos de España deberían oír, desde el regazo de sus madres, que tenemos un fin común y colectivo que une a todos los pueblos peninsulares: el dominio del Estrecho, la federación con Portugal y la unión con América». (Vázquez de Mella, Discurso pronunciado en el Círculo del Ejército y de la Armada, Barcelona, 8 de junio de 1921).

Es el futuro en marcha, el destino que nos depara. La templanza, la grandeza y el reconocimiento de ser, como en el pasado, una civilización cristiana. Un futuro tradicional, de cuño hispánico y universal, siguiendo la idea de evangelizar que alguna vez dejó sentada Pablo. Una nueva evangelización, decididamente política y militante. Volver a Dios, decapitar al moro y cruzar el océano.

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